Imagina que un día llega el fin del mundo.
Eso me dijo una vez un amigo cuando los dos teníamos diez años y lo catastrófico, la música deprimente y un afán por negarnos a todo y a todos chorreaban por cada uno de los granos de nuestro incipiente acné juvenil.
Jamás pensé que lo vería.
Es verdad que he bebido. Que estoy bebiendo. Aquí, junto a mí tengo la botella de la novena cerveza que hoy no he tenido el placer de degustar. Pronto ya no podré continuar la escritura, a eso de la décima, se me emborronarán los ojos y mi cabeza dará vueltas. Y soñaré. Quizás ya estoy soñando.
¿Cómo es posible, me pregunto, que un guisante pueda germinar en el pulmón de un hombre? Eso leí hace no demasiado tiempo. Ahora, podría ser que nosotros hubiésemos sido un guisante dentro de un pulmón enorme ( eso lo explicaría todo, incluso la existencia de los virus), y que un supradoctor haya decidido extirparnos.
Lo estoy viendo vagamente.
El cuerpo cósmico tendido en la cama de un hospital cósmico. El supradoctor que se acerca y observa al paciente. Con sus manos inmensas extrae el diminuto guisante azul, en el que todos, parásitamente, intentamos encontrarle un sentido a lo que no lo tiene.
En el supramundo del cuerpo cósmico esto de que los guisantes germinen en los pulmones no es tan inusual. Nadie se sorprende.
Lo que para nosotros fue una eternidad medible en tiempo, ese tiempo que confinamos en un relojito que nos hace sentir cómodos y seguros de nosotros mismos, es, en realidad, un suspiro en el supramundo del cuerpo cósmico. Y digo un suspiro, literal, que no es una metáfora del tiempo.
Media botella más y caeré desplomado sobre las teclas.
El cirujano supracósmico lo agarra entre sus infinitos dedos (qué absurdos ahora aquellos estudios de Asimov, Penrose, Hawking acerca del universo, qué más da que se extienda o se contraiga) y lo mira. Con absoluta indiferencia, acostumbrado a la rutina de su trabajo, lanza el guisante azul a la basura cósmica. Nuestro planeta, extraído de su entorno privilegiado en que germinó, ya no divagará acerca de la existencia de dios. Lentamente se detendrá su ritmo. Se perderá olvidado de sí mismo, casi sin que nos demos cuenta, tan lentos nos habremos vuelto. Como lento es mi teclear borracho.
A mi lado los titulares del periódico constatan que la separación entre la realidad y la ficción constituye un sistema social arbitrario, hoy, sí, roto por no se sabe bien qué fuerza poderosa.
Eso me dijo una vez un amigo cuando los dos teníamos diez años y lo catastrófico, la música deprimente y un afán por negarnos a todo y a todos chorreaban por cada uno de los granos de nuestro incipiente acné juvenil.
Jamás pensé que lo vería.
Es verdad que he bebido. Que estoy bebiendo. Aquí, junto a mí tengo la botella de la novena cerveza que hoy no he tenido el placer de degustar. Pronto ya no podré continuar la escritura, a eso de la décima, se me emborronarán los ojos y mi cabeza dará vueltas. Y soñaré. Quizás ya estoy soñando.
¿Cómo es posible, me pregunto, que un guisante pueda germinar en el pulmón de un hombre? Eso leí hace no demasiado tiempo. Ahora, podría ser que nosotros hubiésemos sido un guisante dentro de un pulmón enorme ( eso lo explicaría todo, incluso la existencia de los virus), y que un supradoctor haya decidido extirparnos.
Lo estoy viendo vagamente.
El cuerpo cósmico tendido en la cama de un hospital cósmico. El supradoctor que se acerca y observa al paciente. Con sus manos inmensas extrae el diminuto guisante azul, en el que todos, parásitamente, intentamos encontrarle un sentido a lo que no lo tiene.
En el supramundo del cuerpo cósmico esto de que los guisantes germinen en los pulmones no es tan inusual. Nadie se sorprende.
Lo que para nosotros fue una eternidad medible en tiempo, ese tiempo que confinamos en un relojito que nos hace sentir cómodos y seguros de nosotros mismos, es, en realidad, un suspiro en el supramundo del cuerpo cósmico. Y digo un suspiro, literal, que no es una metáfora del tiempo.
Media botella más y caeré desplomado sobre las teclas.El cirujano supracósmico lo agarra entre sus infinitos dedos (qué absurdos ahora aquellos estudios de Asimov, Penrose, Hawking acerca del universo, qué más da que se extienda o se contraiga) y lo mira. Con absoluta indiferencia, acostumbrado a la rutina de su trabajo, lanza el guisante azul a la basura cósmica. Nuestro planeta, extraído de su entorno privilegiado en que germinó, ya no divagará acerca de la existencia de dios. Lentamente se detendrá su ritmo. Se perderá olvidado de sí mismo, casi sin que nos demos cuenta, tan lentos nos habremos vuelto. Como lento es mi teclear borracho.
A mi lado los titulares del periódico constatan que la separación entre la realidad y la ficción constituye un sistema social arbitrario, hoy, sí, roto por no se sabe bien qué fuerza poderosa.