monikita nipone
Hubo, una vez, en la antigua China, un viejo pintor llamado Wang Fô, al que acompañaba su fiel discípulo Ling. Eran pobres porque el viejo pintor Wang Fô no aceptaba dinero a cambio de sus pinturas. Sólo recibía comida.  Su discípulo Ling llevaba todos los trastos a la espalda, pero,  para él, eran montañas y ríos, pues eso pintaba Wang Fô. Ling había nacido en una familia acomodada y vivió feliz junto a su esposa, que era bella, frágil y cuya alma era como un espejo, pero un día conoció al viejo pintor Wang Fô que, a través de sus pinturas, le enseñó a ver las cosas de un modo distinto y maravilloso, pues el viejo pintor Wang Fô era sabio, observaba aquello en lo que nadie suele fijarse y encontraba la belleza allí donde nadie veía nada. Gracias a sus pinturas Ling perdió el miedo que le producían las tormentas, porque en los cuadros que el viejo Wang Fô pintaba éstas no sólo parecían inofensivas, sino que hasta resultaban hermosas. Por eso Ling comprendió que el viejo pintor Wang Fô era una persona buena y especial, y se lo llevó con él a su casa y lo acostó en la cama de sus padres, que ya habían muerto. Pero un día el viejo pintor Wang Fô pintó a la mujer de Ling y el cuadro fue un presagio de la muerte de ésta. Así, se fue marchitando la vida de la esposa de Ling porque su esposo prefería las pinturas del viejo pintor Wang Fô a ella misma y finalmente, murió de pena. Pero estaba tan bella que el viejo Wang Fô decidió pintarla y a ello le ayudó su fiel discípulo Ling. Un buen día decidieron recorrer los caminos del reino de Han y el viejo pintor Wang Fô  se hizo famoso porque, según se decía, tenía el poder de dar vida a sus pinturas gracias a un último toque de color que añadía a los ojos. Pero sucedió que vinieron a arrestarlo unos soldados. Los soldados llevaron a Wang Fô y a su discípulo Ling al Palacio Imperial. El palacio tenía muchas salas: unas eran cuadradas, otras eran circulares, en unas se representaban las estaciones del año, también los puntos cardinales, lo masculino y lo femenino. Sonaba una música muy suave y agradable. Era el lugar más maravilloso que uno pueda imaginarse. Y así les pareció al viejo pintor Wang Fô y a su discípulo Ling. Se hizo el silencio y apareció el Emperador, al que todos llamaban Mestro Celeste y, a veces, también lo llamaban Dragón Celeste. Vestía de azul para recordar al invierno y de verde para recordar a la primavera. Su rostro era impasible y serio. A su derecha tenía al Ministro de los Placeres Perfectos y a su izquierda al Consejero de los Tormentos Justos. El viejo pintor Wang Fô le preguntó al Emperador que por qué lo habían detenido. ¿Qué había hecho él? El Emperador abrió una puerta y le mostró una habitación llena de cuadros pintados por Wang Fô. El padre del Emperador había coleccionado aquellas pinturas y éste las conoció de niño. Imaginó que el mundo era tan bueno y bello como el que aparecía en aquellas pinturas. Pero un día, el Maestro Celeste salió de palacio y vio que el mundo no era como el que aparecía pintado en los cuadros del viejo pintor Wang Fô y entristeció. -Wang Fô, me has mentido -le dijo- Viejo Wang Fô, te quemaré los ojos y te quedarás ciego. No verás nada. También mando que te corten las manos para que no puedas volver a pintar. Entonces, el discípulo Ling se abalanzó contra el Emperador, pero dos guardias lo apresaron y el Emperador mandó que lo matasen. Y los guardas cortaron la cabeza de Ling. Después, el Dragón Celeste le dijo al viejo pintor Wang Fô: - Viejo Wang Fô antes de quemarte los ojos y de cortarte las manos por haberme mentido con tus cuadros, te ordeno lo siguiente: entre las pinturas que poseo hay una muy hermosa y que no está acabada. Te mando que la termines. Tiene que ser tu gran obra maestra. La pintura era un paisaje con montañas, un río, el cielo azul... El viejo pintor Wang Fô, al pintar en el cuadro se acordó de su discípulo Ling. El viejo Wang Fô se puso a terminar de pintar el río y, de pronto, un murmullo comenzó a sonar por palacio. Era el rumor del agua de un río cristalino. Entonces, el agua comenzó a inundar el palacio. El viejo pintor Wang Fô comenzó a pintar la barca y en ella, a su discípulo Ling. Los soldados y cortesanos de palacio luchaban contra las aguas para salvar al Emperador. Poco a poco las aguas comenzaron a descender en palacio. Ya todo estaba seco. En el cuadro pintado por el viejo Wang Fô se veía una barquita a lo lejos, y a dos hombres remando. Al viento, ondeaban la bufanda de Ling  y la barba blanca de Wang Fô. Cada vez, se veía más lejos la barquita hasta que desapareció y el Emperador ya no pudo encontrarlos por ninguna parte, ni siquiera en el cuadro que Wang Fô acababa de pintar.